8.06.2012

Allo~eh


La piel enardecida, ha perdido toda su calma. Las grietas en su superficie han secado al músculo y llegado hasta los huesos. De entre sus poros fluye un vapor ardiente, enfermo; entre sus venas corre una sangre seca, marchita. Aspera como ninguna otra, esta piel es más polvo que carne. A pesar de esto, no le queda más remedio que soportar el caminar de su destino errante. La luz del sol la penetra violentamente, ya poco puede hacer para proteger los huesos. En su lastimoso intento, lo único que logra es sangrar más y mitigar el dolor. 

El caminante no se detiene. Al tener cualquier contacto con otra piel, tan sólo logra deshacerse y caer a pedazos; sólo acelera su destino. Y es que hace mucho tiempo esta piel ha aceptado la voluntad del caminante, nada puede detenerle. La luz de la luna sirve de poco consuelo para esta piel, que arde con un intenso tono carmesí incluso desde la oscuridad de la noche. 

Durante un tropiezo en su camino, esta piel se encontró con una planta, sencilla, suculenta y acogedora, quien tiernamente le ofreció el néctar de una de sus ramas. Este lentamente le cubrió, cuidadosamente cerrando sus grietas, deteniendo la hemorragia, enfriando el terrible ardor, compartiendo su aliento con la piel que hace tanto tiempo no había podido respirar. Y por primera vez, en demasiadas lunas, la piel por fin volvió a sentir verdadera paz.

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