Ya entrada la noche jugábamos a la cacería como de costumbre. Su calor sobre el mío, mi cuerpo dentro del suyo, y un sudor compartido que no le pertenecía a nadie más que a nosotros. Yo le exigía que me mostrara su egoísmo, que me usara para satisfacer aquello que se tenía prohibido. Ella se negaba y al mismo tiempo se movía con más fuerza. Yo le exigía más agresivamente. Ella se negaba, mentía diciendo que no existía tal cosa mientras al mismo tiempo aumentaba el ritmo.
Mi voz era rasposa y desafiante mientras que ella no podía más que articular simples negativas entre tímidos gemidos. Furioso, estiré mi brazo y abuse su cuello, la insulte y le demande violentamente que me mostrara su egoísmo. En el instante en que terminaba de decir esas palabras súbitamente se nubló mi visión y sentí una terrible punzada en el lado izquierdo de mi rostro, el cual involuntariamente se tendió rendido hacia mi espalda. En breve recuperé la visión y alcé la mirada para encontrarla a ella, todavía encima de mi y yo todavía dentro de ella, mirando fijamente la sangre en su puño derecho a consecuencia del impacto con mi rostro.
Cruzamos miradas, en ese instante el mundo entero se congelo y dio lugar a una tormenta de pensamientos que cruzaron nuestros cuerpos que seguían unidos por sangre y sudor. Ella, petrificada. Había dejado salir una parte de si misma que toda su vida había mantenido en cuarentena. Esa parte egoísta, que siempre había sido obligada a poner la otra mejilla para satisfacer a otros, a ceder el paso y a ver por el bien común sobre el propio. Esa parte eternamente encadenada y entumida; esa parte que la aterraba. Misma que cuando por fin logró salir libero inmediatamente su hirviente ira sobre el pobre diablo que la llamaba.
Yo la miraba atónito, y duro. Una mezcla de respeto, admiración, miedo y lujuria nublaban mi juicio. Era una escena majestuosa, ver la pureza de la bestia que esta dulce mujer llevaba dentro, mucho más dentro de donde yo estaba. Jamás me había sentido tan atraído a alguien. El tiempo regreso a su ritmo, pero ninguno dijo nada. Nos miramos por lo que se sintió como horas, ella encima, yo adentro. No se disculpó; yo no me quejé. El silencio fue testigo de miles de palabras. La sangre fluía desde mi rostro por vientre y hasta ella. Su mirada muerta era una sublime exhibición de justicia, júbilo y culpa.
Se volvió evidente que seguir con el juego no tendría ningún sentido, ninguna cantidad de orgasmos podría compararse con la intensidad del crudo e imponente despliegue de su ego. Con un mi antebrazo limpie la sangre de mi frente, levante mi torso, y me acerque. La abracé gentilmente y la bese en la frente. Traté de no ensuciar con mi sangre su delicada piel, pero al parecer un par de lágrimas habían llegado antes. A su oído susurré las palabras 'te quiero'. Ella me abrazó con una fuerza que expresaba mucho más que lo que dije. Me salí. Nos recostamos, la abracé por la espalda y tratamos de dormir. Entre sus pechos encontró mi mano y la tomó con fuerza durante toda la noche. Ese día supe que jamas me iba a separar de ella. Supongo que siempre he sabido muy poco.
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