Apareció de nuevo en mi puerta. Con esa falsa mirada segura y dominante. Disfrazando la verdadera razón de su visita con casualidad y prisa. Fingió estar molesta, pero consciente y en control de la situación. Los dos sabíamos que no era así. Trató fútilmente de coercerme a su voluntad, de obtener de mí apoyo y aprecio. Yo sólo le tengo lástima. No importa las palabras que use, o las prendas que se quite, puedo ver en sus ojos como huye de los demonios que la persiguen. Puedo sentir su deseo de encarnar su pelea con ellos a través de mi cuerpo; de ser ofrenda para satisfacerles.
No le pido su sexo, pero me lo da. No me ofrece nada, pero lo tomo todo. Cumplo su capricho y por momentos me convierto en los demonios que la persiguen, y la castigo. El abuso le genera una placentera sensación de progreso, de sanación. Yo me esfuerzo por sanarla, y por no enfermar al mismo tiempo. La humillación se convierte en romance, el abuso en plegaría y la violencia en paz. Es la única razón por la que la ayudo. Al terminar, sus ojos blancos nadan en silencio mientras que yo lidio con todo el mal que acaba de ocurrir. La he curado por todas partes. Absorto, no noto el momento en el que se marcha sin decir adiós. Se que volverá. Se que la volveré a ayudar. Todavía le queda mucho por sanar.
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