7.23.2013

Lienzo

Perdidos por los jardines, finalmente nos detuvimos a mirar el cielo. Tendidos, recosté mi cabeza sobre su vientre con una confianza que nunca había mostrado. El azul del cielo complementaba el verde de los campos, así como mi rostro complementaba las suaves curvas entre su cintura y su pecho. Con la mirada caída, observaba sus senderos y sus llanuras. Ella, desde la altura, miraba mi cuerpo parcialmente tendido sobre el suyo y gentilmente acariciaba mi cabello. Ninguno de los dos dijo una palabra sobre como fue que terminamos de esa manera, pero ninguno tampoco detuvo al otro. Con el corazón vestido de plata, y la esperanza filtrándose entre las nubes, fue como si los dos al mismo tiempo decidiéramos dejar de jugar al fuerte por un momento, y nos atrevimos a mostrar un poco de nosotros; con la esperanza de que nuestra curiosidad fuera correspondida. 

Su aroma era intoxicante; dulce y sensual hasta nublar la cúpula de mis sentidos. Su aire penetraba mi piel y suavemente masajeaba mis poros y venas. Su piel era cálida y suave. Mi mal cuidada barba no era ni remotamente digna de tocarla, sin embargo ella aceptaba la invasión de mi cuerpo con tranquilidad. Al mismo tiempo, mis manos acariciaban su vientre y sus piernas. Despacio y sutilmente las puntas de mis dedos rozaban su superficie, casi sin tocarla, como si estuviera en llamas. El aire entre nuestros cuerpos generaba una fricción que comunicaba todas las palabras que durante tanto tiempo habíamos querido, pero no habíamos podido, decir. Finalmente, como el caudal de un río que no puede dominar la fuerza de la tormenta, sucedió.


-Mi alma es siempre perseguida por miles de demonios que me tormentan y me consumen. Invierto cada gota de mi fuerza en mantenerlos al borde, en no dejar que me dominen. Muchas veces pierdo la lucha, y parte de mi es consumida como recuerdos. Hay momentos cuando dudo sí todavía puedo vencerles.- dije repentinamente. Ella no dijo nada, siguió acariciando mi cabello, y mi rostro. Yo continúe -al escuchar tus latidos, sentir tu calor y respirar tu aire, haces que todos los demonios huyan, y parezcan insignificantes ante la fuerza que tu me das. Justo ahora, me llena una paz que no he sentido en mucho, mucho tiempo. Así que, de ser posible, me gustaría permanecer acostado aquí contigo, al menos unos minutos más. Tan sólo los suficientes para grabar este momento en mi corazón.- le dije. 


Podía escuchar como su pulso se agitaba conforme decía esas palabras, sin embargo no había ninguna otra reacción de su parte. Permaneció callada. -Pero que cosas tan extrañas dices, Daniel.- Me dije a mi mismo en voz alta. Ella rápidamente me corrigió, -No son extrañas, son hermosas - dijo. Sus palabras fueron una centella en medio de la tormenta que se formaba entre mi corazón y mi mente. Lentamente me levante y la mire detenidamente. Su mirada, tímida y temerosa, a expectativa de lo que yo fuera a hacer; preparada pero sin saber para que. Nuestras miradas se observaron por lo que sintió como una eternidad, o unos cuantos segundos. -¿Puedo abusar de tu amor por un momento? - le dije tranquilamente. Sus mirada creció, - ¿Abusar?- me preguntó. Respondí, -Quiero enterrar todo mi dolor en ti, y robar un poco de tu luz que lo cura todo-, ella no respondió. Sus ojos ofrecían más preguntas que respuestas.


Con todas las cartas sobre la mesa, no quedaba más que intentar. Podía sentir su miedo, pero al mismo tiempo, su lucha. Me acerque hasta el punto en que mis labios ocupaban el mismo espacio que los suyos. Fue cuando reaccionó. Sus manos trataron inútilmente de empujarme, pero su fuerza no era honesta. Del mismo modo, sus labios me recibieron con una desesperación igual o mayor a la mía. Lleve sus manos hacia el suelo, por encima de nosotros, donde las dejo quietas, como si se hubieran congelado. Con una mesurada desesperación acaricie su cabello, su cuello y sus pechos. Sus gemidos reprimidos erizaban toda mi piel. Súbitamente sus manos apretaron mi espalda y nuestras piernas se cruzaron como si fueran unidas por un vacío ineludible. Si su aroma era intoxicante, su sabor no tiene descripción. 


Sus ojos expresaban pasión y determinación. Sí estaba dispuesto a robar su luz, tenia que ser digno de ella. Tan sólo si mi bestia era capaz de domar a la suya, ella estaría dispuesta a entregarme parte de su tesoro. Mi respiración se torno profunda y ronca, los músculos en mis manos, brazos y piernas, duros y tensos. La disputa fue puro protocolo, mi mirada la devoró en instantes. Convencida, finalmente rindió su cuerpo cómo tributo. Bajo el abrigo de las nubes dejamos de lado las mascaras y las reglas. Abriendo las puertas, dejo entrar todo mi dolor, mi pasión y mi furia, que navegaron todos sus espacios hasta abandonar mi mar. Su rostro luchaba por mantener la compostura pero su cuerpo no estaba preparado para recibirme. Un placentero dolor que la volvía vulnerable y toda poderosa al mismo tiempo; cerrando los dientes sonreía de todas formas.


Se convirtió en un lienzo capaz de contener todos mis colores, y me dejó pintar hasta el cansancio; hasta terminar nuevamente tendidos sobre el pasto. Con la mirada buscaba en mi respuestas, ¿Sí había hecho bien? ¿Sí había logrado darme lo que necesitaba? Al verme, lo supo. Nuestros cuerpos ya no se tocaban, sin embargo mis demonios seguían escondidos entre las sombras. En mis ojos ella podía ver reflejada la luz que me había dado, tatuada en mi corazón. Al mismo tiempo, ella sentía en si misma una fortaleza que jamás había notado. Los demonios que abrumaban a aquel hombre que ella miraba con ojos de grandeza, habían sido vencidos por la fuerza de su amor. Me abrazó, la abrasé, sin palabras. 


Su luz por mi fuerza, mi coraje por su amor, nuestra pasión y nuestra paz. Un grito de ayuda desesperado y un corazón tratando de descubrir sus propios límites. Dos personas en dos momentos completamente diferentes, tratando de entenderse el uno al otro. Con el orgullo y la duda fuera de la imagen, ese día ambos dimos ese paso hacia adelante. Así fue como comenzó.

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