Alguna vez fui un ser que vivía libre; de recuerdos y pesadillas, de lamentos y fantasías. Como un ciervo que era libre de correr en las praderas y dormir entre los bosques, nada podía detenerme. Me cuesta tanto trabajo recordar como se sentía esa libertad.
Es entonces cuando sucedió el primer encuentro con el hombre, quien trajo consigo su inmensa capacidad para causar dolor. En un principio, el hombre fue bueno conmigo, me trato con cariño y con respeto, con una calidez imposible de replicar. Con forme paso el tiempo, aquel hombre se convirtió en todo para mi. Cuidaba de mi, me protegía, me alimentaba, me proveía una seguridad y paz que nadie más me podía brindar. Era maravilloso. Sin embargo una noche como cualquier otra, en el momento de ir a dormir el hombre cerro sus ojos, y nunca más los volvió a abrir. Durante decenas de lunas espere a su lado, inmóvil, deseando con todo mi corazón que aquel hombre abriera los ojos y me hablara nuevamente; con todas mis fuerzas, yo espere, pero el hombre no despertó. ¿Porqué no me hacia caso? ¿Porqué no se movia? ¿Qué le hice yo para que me ignorara de tal forma? No podía entenderlo.
Débil, descompuesto y destruido, nunca creí poder a caminar sin el apoyo de aquel hombre que me enseño tanto. Desecho y marchito, me resigne a cerrar los ojos y a su lado permanecer, para siempre. Y fue hasta ese momento en que pude verlo, pude ver todo lo que el hombre me enseño, todo lo que el disfrutaba de la vida, todos sus sueños y fantasías, todo su valor y fuerza, su sonrisa, su calor. Y a través de esos recuerdos pude sentir su presencia, pude sentir como me ayudo a mirar al cielo y ponerme de pie. A pesar de estar en ese estado tan miserable, la verdad es que nunca había sido tan fuerte, mi determinación por disfrutar las cosas que él ya no podía disfrutar, por alcanzar los sueños que él ya no pudo alcanzar, por cumplir las promesas que él ya no pudo cumplir, me llenaron de energia, nada podía detenerme. A pesar de haberse ido para siempre, la sonrisa de aquel hombre permaneció dentro de mi.
Con renovados brios decidí explorar el mundo, corrí como nunca antes, más lejos y más rápido que ningún otro ciervo en toda la pradera. El mundo era mío para descubrir, mío y solo mío. O al menos así fue hasta el día en que lo conocí, otro ciervo, al igual que yo corriendo desesperadamente tratando de descubrir y entender al mundo. El mundo ya no era solo mío, había encontrado un amigo con quien compartirlo y explorarlo. Fueron los mejores momentos, aprendí tanto; al parecer hay miles de razones por las cuales el mundo puede ser un lugar hostil, aburrido, maravilloso o simple para ciervos como nosotros. Luchamos, ganamos y perdimos, cientos de veces, juntos. Para un ciervo como yo, que siempre camino solo, ese tipo de lazo y de amistad era algo completamente diferente, por primera vez no era el único ciervo al cual este mundo a veces carecía de cualquier sentido; no era el único tratando de cambiarlo.
Irónicamente fue esta búsqueda por cambiar el mundo, lo que nos llevo hacia un acantilado, que solo uno de nosotros pudo saltar, y el otro, decidió desvanecerse en las sombras de su abismo. Grite y grite durante muchos soles, y solo podía escuchar mi eco en la respuesta, mi amigo, había desaparecido. De nuevo estaba solo, y mi ímpetu del que tanto presumía, se había ido. En lugar de eso estaba repleto de culpa y melancolía, ¿Porqué no lo pude ayudar a saltar? ¿Porqué lo deje caer? ¿Porqué no hice algo más? No podía entender por qué no salto, demonios. Mi culpa fue tan grande, que perdí mis cuernos, y desde ese momento deambulé solo por el mundo, vulnerablemente solo. Para como es mi suerte, mi caminar entre las sombras me llevo de nuevo a ese acantilado, ahora solo. Lo mire fijamente, perdí por completo la noción del tiempo, y entonces, lo entendí. Entendí por que el no decidió saltar, entendí por que el abismo era justo lo que el estaba buscando, y pude sentir el dolor de su corazón cuando me vio saltar, y el decidió hacer lo opuesto, sabiendo las consecuencias de hacer lo que sea que tengas que hacer para perseguir tus sueños. Nuestros caminos, habían llegado a su fin, pero no sin un legado. Un maravilloso e increíble legado de recuerdos y aventuras, las mejores del mundo. El mundo era nuevamente mío para recorrerlo. A pesar de haber desaparecido, lo que aprendí de mi amigo ciervo de volvió parte de mi.
Entonces fue cuando la conocí a ella. Otra ciervo, las más hermosa de todas, la más autentica. A diferencia de todas las demás, ella no juzgo mi falta de cuernos, y me acepto tal y como era. Fue tan increíble, a diferencia de aquel hombre o aquel ciervo, ella se abrió por completo, y nos convertimos en uno de mente y cuerpo. Pasamos más de una eternidad juntos, y lo conocimos todo. Nuevos cuernos me hicieron más fuerte, su apoyo incondicional me hizo invencible. Nada en el mundo podía detenernos. Reto tras reto, aventura tras aventura, éramos invencibles, todos los demás ciervos no podían creer que algo como lo nuestro pudiera existir, era inaudito. Hasta que un día, llego el reto más grande que alguna vez tuvimos que enfrentar. Una tormenta tan abrumadora, tan violenta y obscura, que hacia temblar y huir a todos los demás ciervos. Ella y yo permanecimos inmóviles, encarándola de frente, juntos. Cuando llego a nosotros utilice toda la fuerza de mi ser para resistirla, cada músculo, cada nervio de mi ser, mi sangre corría mas rápido que la lluvia, mi coraje era tal que desafiaba a aquel de la tormenta. Pero no fue suficiente, solo no pude resistirla, entonces voltee la mirada y busque su ayuda, sólo para descubrir que ella había ya no estaba ahí; ella había huido. En ese instante mi corazón se rompió en miles de pedazos, aquel ser con quien compartí mi vida entera, con quien me había vuelto uno, a quien le había entregado para siempre mi ser, había sido consumida por el miedo y por la duda; me traiciono, nos traiciono, y me dejo a la mitad de la tormenta, solo. En ese segundo cada partícula de mi perdió su fuerza y mi voluntad ya no era nada más que un par de lagrimas secas en medio de tanta lluvia. La tormenta me consumió por completo; no opuse resistencia, la tormenta tomo mi vida.
O al menos eso pensé. No se cuanto tiempo permanecí inconsciente e inmóvil entre los escombros de la tormenta, no se porque no morí. Cuando recobre la conciencia, lo único en lo que podía pensar era en ese instante donde ella ya no estaba ahí, no importaba si cerraba los ojos o no, si estaba despierto o no, no podía pensar en nada más. Y esta vez, decidí resignarme a morir. Tampoco recuerdo cuanto tiempo permanecí en aquel lugar, inmóvil, sin agua ni alimentos, sólo con un poco de aire de vez en cuando, pero por alguna razón, no morí. Entonces recordé la voluntad del hombre, y la curiosidad del ciervo, y de lo más profundo de mi ser obtuve fuerzas para intentar ponerme de pie. Con un par de tobillos rotos, un cuerpo cubierto en sangre, unos cuernos destrozados y expuestos, una mirada entre roja y gris cubierta por las lagrimas y sangre que surgían desde lo más profundo de mi corazón; como ciervo vulnerado que se alimenta de sus recuerdos, sus promesas, sus sueños y su dolor, nuevamente decidí tratar de caminar. Pero no lo logre, aquel cuerpo ya no daba más y caí. Me levante de nuevo, lo intente otra vez, con un majestuoso despliegue de coraje y valor, entre los gritos de inmenso dolor que cada intento infligía sobre mi, se podía observar la fuerza de aquel hombre por disfrutar la vida, y en cada profundo respiro que tomaba antes de intentar de nuevo, se podía sentir la voluntad y curiosidad del otro ciervo, dispuesto a todo con tal de conocer el mundo y alcanzar sus sueños. No podía darme por vencido. Cada paso más doloroso que el anterior, cada uno descosiendo un poco más mi vulnerado cuerpo, cada uno dándome el coraje necesario para dar el siguiente, a duras penas podía mantenerme en pie, ni se diga caminar, y aun así, en ese momento, nada podía detenerme, ninguna herida o dolor, mi voluntad era inquebrantable. Me levante, y como pude, camine de nuevo.
Lentamente, algunas de aquellas heridas han sanado, y como ciervo vulnerado, aún camino y descubro al mundo. Sin embargo, cargo conmigo una herida de muerte, que no sanó, y no sanará. Una herida de muerte que me consume lentamente, no para de sangrar. En estos días, lenta y pasivamente recorro el mundo, aquellos días donde corría con libertad no son más que espejismos que mi memoria insiste estuvieron ahí. Como ciervo vulnerado, herido de muerte, en cada respiro me esfuerzo por disfrutar la vida que me queda, un paso a la vez, una promesa a la vez, en espera del momento en que la paz venga por mi, y por fin pueda reunirme con el hombre, el ciervo y con ella, y nuevamente pueda compartir con todos ellos el infinito cariño y amor que todavía siento por ellos, y solamente así, mi herida por fin pueda sanar.
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