2.11.2009

Jerome y la piedra.

Entra la luz por la ventana, y rocía sutilmente su rostro, es un nuevo día y Jerome despierta con la certeza y la motivación sobre lo que tiene que hacer. Sin mucho titubeo, se levanta de su dura cama de madera, brevemente reflexiona sobra su encomendada tarea, y rápidamente pero sin prisa, se prepara para salir a realizarla. Se viste con sus telas, sus pieles, camina hasta el río, se refresca el rostro y toma un poco de agua, esta listo.

Camina en dirección al sol, durante suficiente tiempo como para alcanzar a su propia sombra, hasta que llega, y la encuentra ahí. Una enorme y majestuosa piedra, peculiarmente tallada, pulida, con una forma rectangular, más alta que cualquier hombre, más negra que cualquier sombra, así era la piedra de Jerome. Conciente de la importancia de su piedra (y de su labor), Jerome da un gran suspiro, se coloca frente a ella, la examina, cierra los ojos, usando solamente las manos, hasta que la encuentra; la posición exacta.

Se mantiene inmóvil durante varias nubes, una lluvia de pensamientos lo atormentan, se concientisa de todos los riesgos que va a correr, de las calamidades y catástrofes que generaría en caso de que las cosas salieran mal, pero al mismo tiempo, recuerda que esto es algo que se tiene que hacer, que el ha sido el elegido, el agraciado, para hacerlo, que es su deber, su potencial demisa y gloria al mismo tiempo.

El sudor se escurre lentamente desde su frente hasta el pecho, no puede demorar más, tan solo una gota de sudor pies, manos o piernas podrían echar a perder todo, debe hacerlo ahora. Repentinamente, como un trueno dentro de la tormenta, reacciona, se mueve, lo hace, poniendo su cuerpo y alma en ese momento, en ese movimiento, deseando que dios y el mundo lo perdonen si en su intento falla, buscando cumplir con la labor que se le encomendó. Con todas sus fuerzas intenta mover la piedra, desde que el sol hace que pise su propia sombra, hasta que esta es asustada por la luna.

Exhausto, Jerome se detiene, con el cuerpo deshecho, el alma cansada, levanta la mirada y ve la luna, se da cuenta que ha llegado el momento de observar los resultados. Extasiado, no puede creer que logró mover la piedra casi medio pie, es algo extraordinario.

Lentamente, camina de regreso por donde vino, abatido pero jovial por los resultados de su día, deseando que el día de mañana pueda ser tan bueno como el de hoy. Si tan solo Jerome tuviera a alguien a quien contárselo, si tan solo conociera a alguien más, tal vez Jerome podría ... Pero no importa, el sabe con certeza que siempre y cuando siga empujando la piedra, todo saldrá bien.

1 comentario:

Albano dijo...

Me sigues sorprendiendo, creo que tal vez pudiste haber elegido otra carrera de naturaleza totalmente diferente.... y te habria ido bien, sabes de cuales hablo.... jajajajaja